miércoles, 1 de abril de 2026
lunes, 30 de marzo de 2026
¿QUÉ SIGNIFICA ESCRIBIR?
Abraham
Galarza Cid
Escribir
es una tortura
cuando
se hace por obligación
Es un
placer
cuando
te lo exiges
Es un
acto de liberación
en las
noches de soledad,
angustia
enfermedad
Es
tortura
cuando
otro te va a poner una nota
¿Con
qué derecho otro califica o descalifica mi experiencia?
¿Por
qué matar el silencio de las hojas blancas?
Llenándolas
de falsedades
cuando
no tienes nada que decir
Escribir
nos pone desnudos ante otros:
Ya no
me verán como yo me veo
Me
angustia verme a través de otro
Descubrir
mis limitaciones
A
través de su mirada inquisitiva
Ver
mis capacidades naufragadas
No
tener talento
Escribir
como cualquiera
Pero
lo que de veras mata
Es su
poder de nulificarme
con su
indiferencia
con lo
cual
lo que
escribo
ya no
tiene significado.
¿QUÉ SIGNIFICA ESCRIBIR? © 2026 por Abraham Galarza Cid tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0
viernes, 13 de marzo de 2026
ESTOY CANSADA DEL MUNDO
Para
mí, el mundo es pobreza:
el calor del día que me asfixia,
tiritar de frío en las noches.
Son
sus nubes grises
que no son agua,
están hechas de polvo:
de mi casa,
de mi escuela,
de mis amigos
y mi amada familia.
El
mundo son ríos
con un cauce sin agua.
El
mundo es el cielo
con dragones
que me escupen fuego.
El
mundo es mi cuerpo,
mis entrañas gruñendo,
suplicando un poco de comida.
Son
mis lágrimas,
que ya se acabaron;
dejaron secos mis ojos,
con ganas de cerrarse.
Son
mis piernas
y mis pies heridos,
que corren inútilmente,
sin descanso,
hacia el espejismo de un refugio.
El
mundo son las personas:
unas nacen para ser pisoteadas,
desintegradas en un segundo,
sin tiempo para despedirse;
otras que gritan y humillan,
de su boca solo sale vómito de odio.
Pero se imaginan que son sagradas.
Estoy
cansada de…
los ángeles de Dios,
que me atormentan
por pecados
que nunca he cometido.
Estoy
cansada de Dios,
que creó el mundo
y le dio la espalda.
No
tengo ganas de estar en el mundo,
quiero descansar del mundo.
No puedo descansar en Dios.
Yo solo hago lo mismo
que me hicieron Dios y el mundo:
les doy la espalda.
Quiero
descansar del mundo.
El mensaje de una niña palestina que afirma estar cansada del mundo
Abraham Galarza Cid

Esta obra está bajo una Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
martes, 24 de febrero de 2026
¿Qué significa Pensar?
Estar-ahí
Somos-uno-con-lo-que-hacemos
Soy-uno-con-el-mundo
Alguien falta...
El encuentro con una ausencia
me deja mudo
Me arroja al futuro...
(cita ineludible)
Ahora estoy expulsado del mundo.
Encerrado en el eco de mis palabras
(Separado)
Mutilado frente al gran No-Yo
Avanza poderoso abriendo huecos...
Preñando de locura nuestros cuerpos
Desde este lugar puedo ver
cada instante de la eternidad
Regresando en torcidos círculos
al principio:
Origen-vacuidad
Lucidez-locura es el Pensamiento
Orgasmo-Certeza-Muerte
Emasculación
El vacío del pensar es permanencia:
A lo efímero lo hace sólido
Al dolor lo hace mera apariencia
Todo lo que fluye lo detiene
Se convierte en concepto
Impersonal e indiferente
Cada segundo se vuelve concreto
Generación tras generación su risa
burla a la muerte
(Bios-Theoretikós)
El vacío del concepto llena de sentido
al existente vacío
Pensar es alzar la voz para negarnos a
escuchar
Pensar es soñar que podemos escapar
del abismo
Pensar es situarnos en un fondo de
eternidad:
desde ahí se extingue toda nuestra
fealdad
Por el pensamiento nos convertimos en
hechiceros
Conjurando el trauma del nacimiento y
la muerte con palabras mágicas:
“Ley
Control
Necesidad
Predicción
Ciencia
Universalidad
Verdad
Inmutabilidad”
¡Vulnerabilidad!
Pensar es hacernos dioses
que juzgan y condenan lo efímero
Pensar es soñar
que este hormigueante grano de arena
es la voz del silencio eterno.
Epílogo: Nuestro planeta es un grano de arena en el inmenso vacío y soledad del universo. Aquí transcurre nuestra existencia, efímera y frágil, entre los miles de millones que vivimos solo por un instante .
¿Qué significa Pensar? © 2026 by Abraham Galarza Cid is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
martes, 28 de octubre de 2025
LA MUERTE NO NECESITA PERMISO Una reflexión filosófica-cultural sobre la muerte Abraham Galarza Cid
Profesor de tiempo completo. Universidad Intercultural del Estado de Puebla- Plantel Sur Tlacotepec de Benito Juárez, Puebla.
Resumen: en este trabajo presentamos
una reflexión filosófica sobre un tema profundo y universal: la muerte. A
partir de algunas preguntas detonadoras se indaga sobre lo que sucede con
nosotros después de la muerte, qué es nuestra conciencia y si esta tiene una
cualidad que sobreviva a la muerte; la razón de que la muerte sea un acontecimiento
tan doloroso, y si ésta le da o le quita sentido a la vida.
Palabras clave: Conciencia.
Lenguaje. Duelo. Sentido de la vida. Filosofía de la cultura.
Introducción
La muerte es uno de los
grandes enigmas de todas las tradiciones culturales, no solo de la filosofía,
todas las religiones, y misticismos de toda índole han dado respuestas a ésta;
la filosofía, en cambio, generalmente hace más preguntas que ofrecer una
respuesta.
En este trabajo haremos
lo mismo que esas tradiciones: dar respuestas basadas en el análisis
filosófico, claro, generando primero unas preguntas, quizás nada originales,
circulan en los mundos académicos, pero también en el sentido común en la vida
cotidiana, y merecen la pena ser contestadas, preguntas apremiantes que yo
mismo me hacía antes de adquirir mi formación filosófica, al igual que otras
personas que no cuentan con las herramientas de estas disciplina, por lo que no
puedo desaprovechar la oportunidad de darme una respuesta.
La muerte está
entrelazada con nuestras creencias religiosas y teorías filosóficas acerca de
nuestra mente y de nuestra alma (si es que son los mismo), pues, aunque es
evidente que cuando morimos como cuerpos nos desintegramos; aquello que nos
hace pensar, lo que nos da nuestra identidad individual, nuestra voluntad y
libertad, aseguran muchos, es capaz de sobrevivir a la muerte.
Para tratar estas
interrogantes y otras más, haciendo eco de la celebración mexicana del “día de
los muertos” del mes de noviembre, presentamos este ensayo. Desde nuestra
perspectiva filosófica y personal enfrentamos el gran interrogante, desglosado
en otras incógnitas relacionadas:
1.
¿Podemos saber qué sucede con
nosotros después de nuestra muerte?
2.
¿Qué es nuestra conciencia o
qué somos como sujetos pensantes? ¿hay algo sobrenatural en esta que le permita
sobrevivir a nuestra muerte?
3.
¿Por qué el fenómeno de la
muerte, propia o de alguien cercano nos genera tanto dolor? ¿es posible
aceptarla sin este trance amargo?
4.
¿La muerte le da significado a
nuestra vida o la hace carente de éste?
A continuación,
ofrecemos nuestra reflexión a estas cuestiones
1. ¿Podemos saber qué sucede con nosotros después de
nuestra muerte?
Me gustaría aludir al
criterio de demarcación del positivismo lógico y del racionalismo crítico, así
como al primer Wittgenstein cuando afirma en su Tractatus: “La muerte no es un
acontecimiento de la vida” (6.4311), (Wittgenstein, 1975): En primer lugar, no
hablamos de nuestra descomposición orgánica debajo de una tumba o en un horno
crematorio, sino de un tipo de vida y existencia posterior a la muerte. Todo lo
que podemos decir que sucede con nosotros después de nuestra muerte no es más
que pura especulación, imaginación o deseos sin ningún asidero, pues no tenemos
ninguna certeza de que nuestras afirmaciones sean verdaderas o falsas. Es
decir, son enunciados que no tienen condiciones de verdad.
Por otro lado, como
Popper propone (2008), ante toda conjetura
debemos aplicar el principio de falsación, y nos percatamos de que afirmar que
podemos saber qué sucede con nosotros después de nuestra muerte, es una
conjetura imposible de falsear, ya que no aluden a ningún lugar al que tengamos
acceso, por ende, son imposibles de operar sobre sus condiciones para saber si
resisten la prueba de la verdad que es la falsación.
El primer Wittgenstein
dijo: “de lo que no se puede hablar, hay que callar” (6.54/7) (Wittgenstein, 1975). Es decir, si lo que nos
interesa es determinar la precisión de la descripción de este acontecimiento, y
no su valoración moral; entonces es imposible saber qué ocurre y no podemos
decir nada, pues nuestro equipamiento cognitivo, como bien la sabia Kant, no
puede rebasar las condiciones de nuestra experiencia física para describir
acontecimientos en espacios públicos. Esto es aceptable si estamos jugando el
juego de la descripción de realidades.
Alguien puede objetar
que esto es arrogancia intelectual y que nuestra racionalidad no es capaz de
atrapar todo, pero tal objeción sólo está aplicando la falacia del argumento
ofensivo, y no hay tal arrogancia, pues se enfatiza con mucha humildad los
límites de lo que podemos conocer.
Por otro lado, estos
planteamientos, por supuesto, no van a acabar, ni pretenden censurar los
relatos que tratan esta situación. Es parte de los temores humanos insolubles y
seguirá existiendo la pregunta, pues cada uno de nosotros se enfrenta al
problema de la extinción de su persona; además, porque nuestro equipamiento
cognitivo no solo mira fuera de sí, sino también dentro de sí, y ahí, en
nuestros mundos privados, la imaginación, la poesía, la metáfora pueden darnos
la inmortalidad y escenarios posibles en los que encontramos una respuesta
individual para esa pregunta tan angustiante.
Finalmente, como Blaise
Pascal (Pensamientos. III, §233) (1986), podemos
jugar una apuesta, pensando que es mejor creer (si existe, ¡ganas el cielo!;
que no creer (si no existe, no pierdes mucho); creer que existe algo después de
nuestra muerte; y en ese escenario al que apostamos que existe, imaginamos que
seguimos “viviendo” de alguna manera, junto con todo lo que amamos en esta
vida. Esta postura es, como decimos los
mexicanos, “echarse un volado”, lo cual, presupone lo que hemos mencionado
antes: es imposible obtener una respuesta plenamente clara e indubitable ante
esta interrogante; Así, podemos optar por tomar una postura crítica y aceptar
que no hay respuesta, o suponer que nuestra imaginación tiene al menos una
probabilidad de estar en lo correcto y así ponerle morfina a esta pregunta tan
dolorosa e inquietante.
2. ¿Qué es nuestra conciencia o qué somos como sujetos
pensantes? ¿hay algo sobrenatural en ésta que le permita sobrevivir a nuestra
muerte?
En primer lugar, somos
seres naturales que han emergido de un largo proceso evolutivo que no nos ata a
ningún nicho ecológico especifico y especializado, pero que tiene como
condición, para sobrevivir en la adversidad y en una diversidad de esferas de
la naturaleza, sustituir con nuestra cultura y herramientas aquello que no nos
dio la naturaleza.
Necesitamos un cuerpo
protegido y alimentado con equipamiento cultural para sobrevivir; para lograr
esto, hay otra condición que nos sitúa en un espacio que ya no es la
naturaleza, el mundo social: nos enfrentamos a la naturaleza para obtener
nuestra supervivencia no de manera individual, sino colectiva y lo hacemos a lo
largo de la historia.
Para convertirnos en un
sujeto colectivo e histórico necesitamos un vínculo que nos aglutine como una
colectividad que trasciende las individualidades y las generaciones; el
lenguaje es ese vínculo que nos une como un sujeto colectivo, y une a todas las
generaciones de humanos en el tiempo.
Tenemos una fuerza
creativa y constructiva similar a la de una colonia de hormigas. Una hormiga es
indefensa como individuo; es su comunicación química la que la convierte en
parte de un ser más poderoso: el hormiguero. (Maturana y Varela, 1990).
Esta conexión entre los
individuos, como entre las generaciones es difícil de identificar porque careceremos
de una conciencia histórica: el individuo no percibe esa voz que le habla para
sí mismo, como lenguaje, sino como una voz sobrenatural que habita dentro de sí
y le llama “su mente”; no se percata que piensa en un determinado idioma y que
usa herramientas culturales con significado convencional, los símbolos del
lenguaje, para definirse a sí mismo. Eso, por ejemplo, es lo que le pasa a
Descartes. Wittgenstein señalo ya la imposibilidad de un lenguaje privado
(1988), el lenguaje puramente mental o “mentalés”, cuando en realidad hemos
interiorizado un lenguaje que obedece a reglas sociales públicas, que permiten
vincularnos y coordinarnos, que se generó anónima y colectivamente a lo largo
de la historia.
Este lenguaje se puede
usar para hacer descripciones de nuestra experiencia que transcurre en la
historia de nuestro desarrollo individual, (Maturana y Varela: 1990),
posibilitando darnos una identidad continua a lo largo del tiempo en diversos
contextos al que llamamos “nuestro yo”.
Un “yo” es, originalmente, una partícula
gramatical, un turno para hablar, y cuando escuchamos somos un “tu”; ese “yo”
que se genera en una interacción social, gracias al lenguaje, cuando la
interiorizamos, lo pensamos bajo una metáfora ontológica que convierte al “yo
gramatical” en un “yo sustancial”; aunque consideramos que es una sustancia
distinta al mundo material y por eso no se puede degradar como todo lo que
pertenece al mundo físico.
Ese “yo gramatical” es
el protagonista de todas las narrativas que dan cuenta de nuestra historia de
interacciones en el mundo social o en nuestro mundo de experiencias
particulares; podemos inventar narrativas donde seguimos siendo los
protagonistas de aventuras en un mundo no físico situado más allá de nuestra
vida y convertirnos, en esa historia, en seres sobrenaturales que sobreviven a
la muerte.
Así, pues, considero
que lo que nos hace pensar, lo que nos hace “sujetos”, no tiene nada de
sobrenatural; lo que llamamos conciencia es el lenguaje que describe nuestra
experiencia interior, existe bajo ciertas condiciones mientras pertenecemos al
mundo social, pero, en cuanto dejamos de pertenecer a este mundo, con nuestra
muerte, el proceso se termina, pues carece de sentido ejercer un lenguaje cuando dejamos de ser personas y
nos convertimos en cosas y no nos vinculamos ya más a los otros humanos.
Nuestra voz habla
gracias a nuestro cuerpo, nuestro sistema fonador que usamos simultáneamente
para alimentarnos y respirar es una máquina de hablar, no podemos tener
conciencia sin cuerpo y sin pertenecer al mundo social y la cultura: estas dos fuerzas han domesticado a nuestro
cuerpo para hacerlo hablar.
Hagamos un breve
experimento: pensamos en algo, en silencio, coloquemos nuestra mano con el dedo
pulgar e índice sobre nuestro cuello mientras pensamos en silencio: nuestro
aparato fonador sigue cumpliendo rigurosamente en silencio las reglas
fonéticas.
Pasemos ahora al interior de nuestra boca, continuemos
usando nuestra enigmática mente para continuar pensando, y simultáneamente focalicemos
cómo nuestra lengua se coloca en distintos puntos de nuestra cavidad bucal,
articulando los silenciosos sonidos de la voz que vive en nuestra mente. Nuestra
supuesta alma, no puede prescindir del trabajo del aparato fonador: aun en
silencio vibra y articula ligeramente con cada palabra de “nuestra mente”
3. ¿Por qué el fenómeno de la muerte, propia o de
alguien cercano nos genera tanto dolor? ¿Es posible aceptarla sin este trance
amargo?
Para dar respuesta a
esta interrogante considero dos condiciones, una biológica y otra social:
Una condición biológica
evolutiva que hace a los seres humanos sufrir sus pasiones de forma
desmesurada, hybris o desmesura lo
llamó Edgar Morín en su obra “El método:
las ideas”, retomando el termino griego para desmesura; el placer, el dolor, la
ira, la risa se desbordan en los humanos, mientras que en otras especies cuando
llega la muerte, de sus críos por ejemplo, inmediatamente se ocupan de
continuar en su lucha por sobrevivir con los que quedan vivos y garantizar la
continuidad de la especie.
Con nuestra condición
de hybris, todas estas emociones nos
llevan frecuentemente a los límites de la locura, se dilatan en intensidad y
duración. Y el dolor por la muerte no es la excepción. Nuestros rituales que
honran al muerto sirven para mesurar nuestras emociones y dolor.
Por otro lado, y como
parte de esta misma dimensión biológica, la desmesura es una estrategia
necesaria para la supervivencia en el mundo natural, que permite que unos pocos
vivan ante la muerte de muchos otros (Morin, 1992).
Las amenazas para la
supervivencia exceden en cantidad y poder a cada individuo viviente, el
nacimiento de pocos sería fatal para cualquier especie. Como contrapeso el
nacimiento desmesurado de individuos de la misma especie posibilita que algunos
sean afortunados en sortear las amenazas contra su vida.
Peces y anfibios ponen
millones de huevecillos, millones de semillas y polen son producidas por
plantas, al igual que millones de espermas y cientos de óvulos derrocha la
naturaleza para que sólo unos pocos afortunados vivan, como si la naturaleza
jugara una extraña lotería.
Los animales viven en
un universo natural, en dónde no hay memoria, calendarios, ni tiempo, aunados a
una conciencia de estos elementos, es decir que nosotros vivimos en universo
simbólico y eso hace a la muerte muy compleja: la muerte humana tiene un
significado cultural, que nos hace tener una conciencia anticipadora de lo
inevitable y una memoria que conserva a sus muertos y al dolor por su partida,
lo que nos lleva a temerle como a ninguna otra cosa en el mundo y rechazarla
radicalmente. No hay muerto que no se llore, que no duela, no nos consideramos
como solo un huevecillo o semilla dilapidada e irrelevante, perdida para
siempre.
Además, el significado
social y cultural de la muerte se relaciona con la organización económica
política, así como de las ideologías y narrativas que sustentan el diario vivir
de esas sociedades.
Así, vivir en una
sociedad moderna capitalista extremadamente individualista, secular y
desencantada, hace del dolor por la muerte de un ser querido un problema
subjetivo y privado, sin ningún acompañamiento social y, por tanto, carente de
solidaridad y de empatía. Como este orden social no se quiere cambiar, el dolor
que sentimos por la muerte de nuestros seres amados se patologiza y medicaliza,
y se trata como un asunto privado, que un experto debe ayudar a resolver lo más
pronto posible para reincorporarse al mundo productivo donde, supuestamente lo normal es la alegría y la felicidad en
todo momento.
En otras sociedades más
tradicionales y de vida comunitaria, la vida y la muerte de sus miembros es un
asunto que involucra a todos. Por ejemplo, en algunos lugares de Oaxaca el
casarse es un asunto de toda la comunidad, debes tener todo lo necesario para
tu vida de casado con el apoyo de todos: con padrinos de refrigerador o de
comedor.
La muerte no es un
asunto diferente: todos llegan a rezar, cocinan, se despiden del difunto y
después de su inhumación, durante días, meses o años, continúan los rituales
fúnebres. Estos rituales hacen que la muerte se vea como un acontecimiento
necesario del ciclo de la vida, en el que los otros “te acompañan en tu dolor”
y dan entereza ante lo inevitable.
4. ¿La muerte le da significado a nuestra vida o la
hace carente de éste?
Retomare uno de los
versos del poema “La prosa de la calavera” de José Emilio Pacheco: “Gracias a
mí todo es inexpresablemente valioso porque todo es efímero y jamás se repite” (1983).
Desde que nacimos
estamos sitiados por la muerte, cualquier paso en falso nos puede regresar a la
nada: una enfermedad, un accidente, un descuido idiota, pasar por donde no
deberíamos, o una conspiración contra nuestra vida.
Elaboramos planes
proyectándonos al futuro tratando de evadir este estado de sitio, para
asegurarnos un futuro en el que hayamos superado carencias y necesidades que
constantemente nos amenazan, pero, al final, como bien lo sabe Heidegger, nada
garantiza que se cumplan; pensar en el cumplimiento puntual de nuestras metas
es un sueño que vivimos despiertos, hace que nuestra vida parezca asentada
sobre un suelo solido; y nos hace olvidar, o esconder nuestra clara conciencia
de nuestra finitud, y eso parece hacernos felices.
Por otro lado, nosotros
somos parte de un proceso vital que nos trasciende, un paso necesario dentro de
éste, pero cuya huella parece borrase muy pronto. La vida es mantener un
continuum en el tiempo, en el que cada uno de nosotros pasa a integrarse al todo
del fluir de la vida, para luego pasar a la sombra una vez que hayamos hecho
nuestra contribución; por eso no trascendemos como individuos más allá de este
proceso.
Los significados
sociales para la muerte son muy importantes para saber si la vida tiene o no un
sentido.
En la cultura
individualista y capitalista actual, en la que el significado de la vida sólo
se enfoca en nuestro ego y sus circunstancias más inmediatas, la muerte es
completamente absurda por que, para esta cultura, todo lo valioso comienza y
termina con el individuo. Para el individualismo “lo mío”, cuando pasa a otras
manos sin ganancia alguna es una desgracia.
Para una perspectiva
enfocada en la totalidad del devenir, la herencia cultural que recibes,
incrementas, innovas y das en herencia a las siguientes generaciones, es una de
las cosas más dichosas, pues te realiza más allá de los límites de tu tiempo.
Lo anterior no minimiza
el sufrimiento, el sacrificio y el dolor que experimentan las personas como
individuos por su contribución a la realización de sí mismos y en especial de
los demás. El dolor es uno de los costos de nuestra pequeña felicidad. Lo que
subrayamos es que nuestra muerte en esta segunda perspectiva cultural no es
absurda, por su contribución al mantenimiento de la vida del todo.
Por otra parte, cada
individuo es un universo por sí mismo, intenso en vivencias, emociones,
significados, creatividad y pasiones, pero el cual, algún día tarde o temprano,
acaba por colapsarse. Pero si el significado de nuestra vida estuviera tan solo
en nuestra individualidad, efectivamente seriamos un “ser-para-la-muerte”. Al respecto dice José Emilio Pacheco en su
poema “Jardín de niños” (1984), con lo cual concluimos este trabajo, tomando
este poema como una postura nuestra:
“Pero que importa esa agonía
Si te derrumbas, si te mueres
Habrá otro siempre
Para acabar cuanto empezaste
Nada es inútil,
Tu misma muerte
Transmitirá la vida a quienes lleguen
El mundo
No morirá (lo sabes)
Cuando te extingas.”
Referencias
bibliográficas
Maturana, H. y Varela, F. (1990). El
árbol del conocimiento: Las bases biológicas del conocimiento humano.
Editorial Debate.
Morin, E. (1992). El método: Las ideas (Vol. 4). Ediciones
Cátedra.
Pacheco, J. E. (1983). Los trabajos del mar. Ediciones Era.
Pacheco, J. E. (1984). Fin de siglo y otros poemas. Fondo de
Cultura Económica.
Pascal, B. (1986). Pensamientos. Alianza Editorial.
Popper, K. R. (2008). La lógica de la investigación científica.
Editorial Tecnos.
Wittgenstein, L. (1975). Tractatus logico-philosophicus. Alianza
Editorial.
Wittgenstein, L. (1988). Investigaciones filosóficas. Editorial
Crítica.
LA MUERTE NO NECESITA PERMISO Una reflexión filosófica-cultural sobre la muerte © 2025 by Abraham Galarza Cid is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International
Des-encanto
Ni los ángeles ni las hadas existen
Pero los monstruos que engullen niños
si...
Ni la humanidad ni la compasión
existen
Pero los humanos bellos e indiferentes
si...
Ni los valores morales y éticos
existen
Pero la bolsa de valores si...
Ni la intervención divina
ni su santa indignación ante el mal
existen
Pero los pecados y rezos
perdonando a los malvados si...
Ni la magia ni los milagros existen
Pero el mago y el santo Papa si...
No sé sí su sonrisa y sufrimiento
existieron
¿O la vi en un sueño?
Pero la exquisita tecnología que la
convirtió en polvo si…
Abraham Galarza Cid
Impotente y vulnerable poema dedicado a los niños y niñas de Palestina
lunes, 7 de julio de 2025
EL AURA DE MARIANITA*
Abraham Galarza Cid
Apenas
nació Marianita, ya tenía el proyecto de ir a la escuela; los niños y niñas
podrían carecer de muchas cosas: riqueza, juguetes, fiestas de cumpleaños o
ropa bonita y cara. Pero de lo que no podían carecer era de una buena educación
en la escuela y entre más temprano comience… ¿Mejor?
El
proyecto no era de ella, como a muchos nos pasa en nuestra muy temprana
infancia. De todos modos, a su edad no tenía nada claro lo que quería, ni sabía
por qué se tiene que hacer todo eso. Así que cuando apenas había aprendido a
hablar, se fue a la escuela.
Al
principio a Marianita le gustó mucho que le compraran ropa, su mochila, cuadernos, lápices y que le prepararan una comida para
almorzar en el recreo. Cuando veía a su hermano Neto ser objeto de todas esas
atenciones, le daba la impresión de que la escuela era algo lindo y especial,
pues sus papás dedicaban mucho tiempo a ¿qué le falta a Neto para estudiar?
Mientras sus narices se inflaban de orgullo sobre los logros de su
hermano. Pero para Marianita inició el infierno.
Empezó
por despertarse muy temprano, a las 8 de la madrugada, para ella que dormir hasta
tarde era sagrado. Justo cuando acaba de cumplir tres
años, su maestra les comunicaba a sus estudiantes su objetivo: que lo más pronto posible estuvieran leyendo y
escribiendo, además de saber contar, hacer sumas y restas.
Para
lograr ese sueño, no de Marianita, sino de sus papás y de su maestra, debería
esforzarse mucho, hacer sacrificios y dedicar la mayor parte de su tiempo en la
escuela y en su casa para aprender todo eso.
Numerosas
actividades como realizar rayitas, bolitas, caracolitos; para posteriormente
pasar al aeiou, luego al abc, sin dejar de lado el 12345678910; no podian faltar numerosos recortes y manualidades, entre otras actividades.
Marianita
estaba enojada todo el tiempo en ese lugar; creía que, si dejaba de hacer sus
tareas, su maestra se cansaría de esperar y, con ganas de regresar a su casa,
la dejaría ir. Pero no. El general, perdón, la maestra, no dejaba salir a nadie
de la escuela hasta que terminara sus trabajos. Su mamá llegaba por ella, y
pasaba una, dos horas, y muchas veces hasta la madrugada lograba terminar, o
por lo menos ese tiempo le parecía a Marianita que transcurría. Todo para que
en su casa comenzara el segundo capítulo, con otro millón de tareas que apenas
lograban terminar a la media noche, con su mamá en el relevo de la maestra, en el puesto de
vigilancia y capataz de la prisionera, perdón… de la estudiante.
Su
papá apoyaba este rudo régimen carcelario, pues, según recuerda desde
su muy, muy, muy, muy lejana infancia, a los niños y niñas se les ha aplicado
desde siempre aquella ley que dice “la letra con sangre entra”, tal y como
habían hecho con él.
Marianita
se cansó: acabó por molestarle todo lo que fuera escuela. Un día muy
seriamente, y con una madurez que solo da una dura infancia, le dijo a su
madre, muy enojada:
—Sácame
de la escuela, me voy a poner a trabajar. —Y así lo hicieron.
En
una ocasión, cuando toda la familia fue a la ciudad capital a trabajar,
vendiendo gelatinas, panecillos rellenos de mermelada, espejos, chocolate en
polvo y otras cosas que ellos fabricaban para ganarse la vida, Marianita
escuchó un sonido impactantemente hermoso que salía de un antiguo edificio;
nunca había escuchado algo igual y quería ir a ver qué pasaba ahí.
Sus
papás no le prestaron atención al sonido; con tantas preocupaciones para
ganarse el pan, les parecía perder el tiempo, pero ante la insistencia de
Marianita, la dejaron ir a ver qué eran esos hermosos sonidos, con la
condición de que, en cuanto lo averiguara, regresaría con ellos a trabajar.
Entró
a un lugar oscuro con luz en el centro; un pequeño grupo de personas sentadas
ponía su atención en una joven de cabello azul brillante, que tocaba una
pequeña guitarra, pero poniendo algo así como un palo sobre el cuello del
instrumento; después supo que se llamaba violín.
Marianita
se sentó, cerró los ojos para escuchar mejor y sintió todo tipo de emociones e
imágenes: tristeza, miedo y alegría, que estaba volando, que había ido más allá
de este mundo en el que estamos y por un segundo lo sabía todo. Todas esas
emociones y situaciones pasaron por ella en una brevedad de tiempo.
Pacientemente
espero a que terminara todo; después de un aplauso final se acercó a la
violinista. Extrañamente, noto que su pelo era ahora oscuro, pero no era
importante eso. Se presentó, le dijo que era maravilloso lo que hacía y le
preguntó si podía aprender ella a hacerlo. También la chica se presentó, se llama
Doux, quien, llena de alegría por apreciar lo que hacía, le dijo que sí, pero
que necesitaría un violín para enseñarle, que en cuanto lo tuviera, la buscara
en su trabajo, lo que sorprendió a Marianita, que una gran artista trabajara
llevando libros de cuentas para los negocios de la ciudad.
Después
de ese encuentro, corrió a ver a sus papás, les contó lo que pasó y que
necesitaba urgentemente un violín. A su papá le dio un dolor muy intenso en su
codo mientras escuchaba; por su parte su mamá se puso muy feliz de que Marianita quisiera estudiar
algo por su propia iniciativa, pero le preocupaba encontrar un violín en ese
lugar. Como no había tiendas de violines, sus papás acudieron con sus amigos y
familiares para conseguirlo.
El
tío Maggio, un amigo de juventud de su papá, era un maestro carpintero experto
en fabricar muebles finos y delicados; dijo que él lo haría con gusto y con la
ayuda del abuelo Sami. Pero necesitaba un tipo de madera especial para hacerlo.
El tío Huggies, un empedernido bromista y dicharachero personaje, que trabajaba
con su carruaje tirado por caballos para llevar personas y cartas a ciudades
alejadas, a pesar de haber estado enfermo, se ofreció para conseguir la madera.
Desde ese día, el tío Huggies anda más fuerte que nunca haciendo felices con
sus bromas a sus pasajeros mientras trabaja.
El
tío Maggio pidió prestado el violín de la señorita Doux, lo midió por todos
lados, hasta el grosor de las cubiertas; así trabajó cada detalle y cuidado,
como siempre hace su trabajo. Con las medidas hizo un molde en papel para
cortar y ensamblar la madera. El abuelo Sammy se encargó de completar el
trabajo colocando los herrajes y cuerdas que con mucho amor hizo para su nieta,
para finalmente ponerle pintura y barniz: el resultado, un hermoso
violín.
Aún
falta ver si cumplía con su función; la señorita Doux lo tomó en sus manos,
movió los herrajes, mientras mencionaba el nombre correcto de cada parte, dijo:
—Perfecto,
vamos a comenzar —empezando a producir sus dulces y melancólicos sonidos y
comenzará la primera clase de música para Marianita.
Para
ese día especial, el abuelo Sammy y la abuela Tammy prepararon una rica comida
italiana a la que todos ellos acudieron, hasta el tío Sammy Jr. que vivía en
un lugar muy distante, llegó ese día tan especial.
La
persona más contenta era la señora Mariana: su hija había elegido estudiar, no
por la fuerza, sino por propia convicción. Ella en su juventud tuvo muchas ganas de
estudiar, pero su familia no tenía tantos recursos para mandarle a la escuela;
así que emprendió un viaje, junto con su hermano Sammy Jr., por lugares muy
peligrosos, en un país distante, para conseguir un trabajo y juntar dinero para
estudiar. Aunque ella logró terminar su carrera, fue muy difícil encontrar
trabajo para lo que había estudiado. Pero eso nunca fue un obstáculo para cuidar a lo que
más amaba, por eso todo el día se le veía trabajando y haciendo planes para
tener más ingresos para sus polluelos y ella tener una vejez tranquila. Además,
estaba feliz porque creía que Marianita a partir de ese acontecimiento mejoraría en sus
estudios cuando regresara a la escuela. Y tenía razón.
Marianita
comenzó a dominar los números, las letras; se le empezó a facilitar hacer estas
cosas, como si la disciplina que exigía la música la hubiera hecho fuerte y
hábil para otras actividades escolares.
Debo advertir que este cuento no es uno de hadas, dónde las personas son completamente perfectas. Marianita no fue una alumna de puros dieces, pero le fue mucho mejor desde entonces, aunque a veces tenía sus recaídas y tenía ganas de dejar todo, sin pensar que no se puede renunciar al trabajo personal que debemos dedicar a lo que nos gusta.
La maestra Doux le contó que cuando era niña tenía muchas ganas de ser violinista, pues cuando escuchaba esa música sentía una emoción muy extraña dentro de ella (exactamente la misma mezcla de emociones que sintió Marianita; se llama “aurea” y sale en forma de luz alrededor de la cabeza de las personas, luz que no todos pueden ver.). Pero sus papás no la pudieron apoyar y por eso primero aprendió un oficio y, con su trabajo, comenzó a pagarse sus clases de violín, a dedicar mucho tiempo a practicarlo, sacrificando otras actividades y cosas personales que tenia que comprarse. Terminó su relato diciendo que valía mucho la pena hacer ese sacrificio para sentirse realizada haciendo su música. Todo ese amor y disciplina se notaba cuando tocaba su música y daba su clase a Marianita. Y le dijo:
—Tú tienes una luz de artista Marianita, cuando te vi por primera vez lo noté—.
Alguna
vez a Marianita le dejaron de tarea hacer un dibujo de algo que le gustara
mucho para participar en un concurso; pero no tenía una idea clara de cómo
hacerlo. Recordó que su viejo le había contado que su papá, o sea el abuelo Marcel, había estudiado pintura y, aunque nunca se había dedicado a ella,
le había logrado enseñar algo a su hijo, el papá de Marianita. Ella no creía
esa historia, pues jamás lo había puesto en práctica delante de ella.
Marianita
quedó asombrada cuando vio que su papá le explicaba cómo mezclar
colores, cómo hacer líneas para hacer aparecer ciertas formas, con sus luces y
sombras, mientras la nariz chata de su papá se inflaba de orgullo al mezclar y
producir colores muy bellos. No podía creer que su papá fuera capaz de eso.
También
vio que le salía un poquito aquella luz que había visto en su maestra Doux
cuando tocaba su violín. Pero en él la luz era muy débil, como cuando en la
noche a lo lejos se ve un rayo saliendo de una oscura nube.
Marianita
se asustó: si ella dejaba de lado el violín, ahora que era niña, si no trabajaba
lo suficiente ¿esa luz de los artistas dejaría de brillar en ella? ¿Su papá
quizá no tuvo mucho amor por lo que hacía? ¿No había luchado contra los
obstáculos para dedicarse a eso que amó hace muchos años atrás? ¿Su abuelo
Marcel, con su idea de que “la letra con sangre entra”, había matado el amor de
su hijo por la pintura? ¿A ella le pasaría lo mismo si seguía los pasos de su
padre? Pero a su mamá y a la maestra Doux, ¿la vida les había aplicado también
eso de “la letra con sangre entra” y su vida era distinta?
Marianita
no solamente tenía intereses artísticos, también amaba a los gatos; se imagina
siendo doctora de gatos y animales cuando sea una adulta, mientras les hace
curaciones a sus juguetes y a sus gatos en sus juegos. Otras veces se imagina
diseñando casas o resolviendo, como una gran científica, misteriosos crímenes.
El
futuro de Marianita no lo puedo ver; yo solo puedo ver cosas y contar historias
ahí donde hay letras escritas, pero en Marianita esas páginas aún están en
blanco; ella las va a escribir con sus acciones y decisiones.
De cualquier manera me quiero imaginar que, no importa a lo que se dedique, su aura brillará
para hacerla feliz y a las personas que logren ver su luz.
Y
colorín colorado, este cuento se ha acabado.
FIN
*Advertencia: esta historia y los personajes que aparecen en esta
son ficticios. Cualquier parecido con personas reales, o con hechos reales es
pura coincidencia.
Las ilustraciones fueron creadas con I.A.
La historia fue elaborada de manera artesanal y con la receta secreta.
EL AURA DE MARIANITA © 2025 de Abraham Galarza Cid con licencia CC BY-NC-ND 4.0. Para ver una copia de esta licencia, visite https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/





