miércoles, 1 de abril de 2026
lunes, 30 de marzo de 2026
¿QUÉ SIGNIFICA ESCRIBIR?
Abraham
Galarza Cid
Escribir
es una tortura
cuando
se hace por obligación
Es un
placer
cuando
te lo exiges
Es un
acto de liberación
en las
noches de soledad,
angustia
enfermedad
Es
tortura
cuando
otro te va a poner una nota
¿Con
qué derecho otro califica o descalifica mi experiencia?
¿Por
qué matar el silencio de las hojas blancas?
Llenándolas
de falsedades
cuando
no tienes nada que decir
Escribir
nos pone desnudos ante otros:
Ya no
me verán como yo me veo
Me
angustia verme a través de otro
Descubrir
mis limitaciones
A
través de su mirada inquisitiva
Ver
mis capacidades naufragadas
No
tener talento
Escribir
como cualquiera
Pero
lo que de veras mata
Es su
poder de nulificarme
con su
indiferencia
con lo
cual
lo que
escribo
ya no
tiene significado.
¿QUÉ SIGNIFICA ESCRIBIR? © 2026 por Abraham Galarza Cid tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0
viernes, 13 de marzo de 2026
ESTOY CANSADA DEL MUNDO
Para
mí, el mundo es pobreza:
el calor del día que me asfixia,
tiritar de frío en las noches.
Son
sus nubes grises
que no son agua,
están hechas de polvo:
de mi casa,
de mi escuela,
de mis amigos
y mi amada familia.
El
mundo son ríos
con un cauce sin agua.
El
mundo es el cielo
con dragones
que me escupen fuego.
El
mundo es mi cuerpo,
mis entrañas gruñendo,
suplicando un poco de comida.
Son
mis lágrimas,
que ya se acabaron;
dejaron secos mis ojos,
con ganas de cerrarse.
Son
mis piernas
y mis pies heridos,
que corren inútilmente,
sin descanso,
hacia el espejismo de un refugio.
El
mundo son las personas:
unas nacen para ser pisoteadas,
desintegradas en un segundo,
sin tiempo para despedirse;
otras que gritan y humillan,
de su boca solo sale vómito de odio.
Pero se imaginan que son sagradas.
Estoy
cansada de…
los ángeles de Dios,
que me atormentan
por pecados
que nunca he cometido.
Estoy
cansada de Dios,
que creó el mundo
y le dio la espalda.
No
tengo ganas de estar en el mundo,
quiero descansar del mundo.
No puedo descansar en Dios.
Yo solo hago lo mismo
que me hicieron Dios y el mundo:
les doy la espalda.
Quiero
descansar del mundo.
El mensaje de una niña palestina que afirma estar cansada del mundo
Abraham Galarza Cid

Esta obra está bajo una Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
martes, 24 de febrero de 2026
¿Qué significa Pensar?
Estar-ahí
Somos-uno-con-lo-que-hacemos
Soy-uno-con-el-mundo
Alguien falta...
El encuentro con una ausencia
me deja mudo
Me arroja al futuro...
(cita ineludible)
Ahora estoy expulsado del mundo.
Encerrado en el eco de mis palabras
(Separado)
Mutilado frente al gran No-Yo
Avanza poderoso abriendo huecos...
Preñando de locura nuestros cuerpos
Desde este lugar puedo ver
cada instante de la eternidad
Regresando en torcidos círculos
al principio:
Origen-vacuidad
Lucidez-locura es el Pensamiento
Orgasmo-Certeza-Muerte
Emasculación
El vacío del pensar es permanencia:
A lo efímero lo hace sólido
Al dolor lo hace mera apariencia
Todo lo que fluye lo detiene
Se convierte en concepto
Impersonal e indiferente
Cada segundo se vuelve concreto
Generación tras generación su risa
burla a la muerte
(Bios-Theoretikós)
El vacío del concepto llena de sentido
al existente vacío
Pensar es alzar la voz para negarnos a
escuchar
Pensar es soñar que podemos escapar
del abismo
Pensar es situarnos en un fondo de
eternidad:
desde ahí se extingue toda nuestra
fealdad
Por el pensamiento nos convertimos en
hechiceros
Conjurando el trauma del nacimiento y
la muerte con palabras mágicas:
“Ley
Control
Necesidad
Predicción
Ciencia
Universalidad
Verdad
Inmutabilidad”
¡Vulnerabilidad!
Pensar es hacernos dioses
que juzgan y condenan lo efímero
Pensar es soñar
que este hormigueante grano de arena
es la voz del silencio eterno.
Epílogo: Nuestro planeta es un grano de arena en el inmenso vacío y soledad del universo. Aquí transcurre nuestra existencia, efímera y frágil, entre los miles de millones que vivimos solo por un instante .
¿Qué significa Pensar? © 2026 by Abraham Galarza Cid is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
martes, 28 de octubre de 2025
LA MUERTE NO NECESITA PERMISO Una reflexión filosófica-cultural sobre la muerte Abraham Galarza Cid
Profesor de tiempo completo. Universidad Intercultural del Estado de Puebla- Plantel Sur Tlacotepec de Benito Juárez, Puebla.
Resumen: en este
trabajo presentamos una reflexión filosófica sobre un tema profundo y
universal: la muerte. A partir de algunas preguntas detonadoras se indaga sobre
lo que sucede con nosotros después de la muerte, qué es nuestra conciencia y si
esta tiene una cualidad que sobreviva a la muerte; la razón de que la muerte
sea un acontecimiento tan doloroso, y si ésta le da o le quita sentido a la
vida.
Palabras clave: Conciencia.
Lenguaje. Duelo. Sentido de la vida. Filosofía de la cultura.
Introducción
La
muerte es uno de los grandes enigmas de todas las tradiciones culturales, no
solo de la filosofía, todas las religiones, y misticismos de toda índole han
dado respuestas a ésta; la filosofía, en cambio, generalmente hace más
preguntas que ofrecer una respuesta.
En
este trabajo haremos lo mismo que esas tradiciones: dar respuestas basadas en
el análisis filosófico, claro, generando primero unas preguntas, quizás nada
originales, circulan en los mundos académicos, pero también en el sentido común
en la vida cotidiana, y merecen la pena ser contestadas, preguntas apremiantes
que yo mismo me hacía antes de adquirir mi formación filosófica, al igual que
otras personas que no cuentan con las herramientas de estas disciplina, por lo
que no puedo desaprovechar la oportunidad de darme una respuesta.
La
muerte está entrelazada con nuestras creencias religiosas y teorías filosóficas
acerca de nuestra mente y de nuestra alma (si es que son los mismo), pues,
aunque es evidente que cuando morimos como cuerpos nos desintegramos; aquello
que nos hace pensar, lo que nos da nuestra identidad individual, nuestra
voluntad y libertad, aseguran muchos, es capaz de sobrevivir a la muerte.
Para
tratar estas interrogantes y otras más, haciendo eco de la celebración mexicana
del “día de los muertos” del mes de noviembre, presentamos este ensayo. Desde
nuestra perspectiva filosófica y personal enfrentamos el gran interrogante,
desglosado en otras incógnitas relacionadas:
1. ¿Podemos
saber qué sucede con nosotros después de nuestra muerte?
2.
¿Qué es nuestra conciencia o qué somos como sujetos pensantes? ¿hay algo
sobrenatural en esta que le permita sobrevivir a nuestra muerte?
3. ¿Por
qué el fenómeno de la muerte, propia o de alguien cercano nos genera tanto
dolor? ¿es posible aceptarla sin este trance amargo?
4. ¿La
muerte le da significado a nuestra vida o la hace carente de éste?
A
continuación, ofrecemos nuestra reflexión a estas cuestiones
1. ¿Podemos
saber qué sucede con nosotros después de nuestra muerte?
Me
gustaría aludir al al primer Wittgenstein cuando afirma en su Tractatus: “La
muerte no es un acontecimiento de la vida” (6.4311), (Wittgenstein, 1975): En
primer lugar, no hablamos de nuestra descomposición orgánica debajo de una
tumba o en un horno crematorio, sino de un tipo de vida y existencia posterior
a la muerte.
Wittgenstein apunta a una
concepción de lenguaje como una especie de artefacto para dibujar la realidad.
Nuestra experiencia del mundo solo puede dibujar un entorno físico o un entorno
objetivo y describirlo con lenguaje después de la muerte. No tenemos ese
trasfondo para describir lo que pudiera ocurrir. No tenemos el paisaje del
“valle de la muerte”; no tenemos idea clara de cómo sería nuestra “experiencia”
en esa condición si, por ejemplo, tenemos emociones después de la muerte. Por
eso el lenguaje alcanza sus límites.
Nuestro lenguaje está diseñado
evolutiva y lógicamente para operar en el "entorno físico u
objetivo". Palabras como "emoción", "visión",
"experiencia" o incluso "ser" están ligadas de forma
indisoluble a un sujeto corpóreo que siente, percibe y existe en un
espacio-tiempo. La muerte, por definición, es la disolución de ese sujeto.
Wittgenstein señala que la
muerte no es una experiencia dentro de la vida. Un acontecimiento es
algo que sucede, que tiene un antes y un después en el flujo del tiempo, que se
puede vivir y, potencialmente, describir. La muerte, como fin definitivo del
sujeto y de su mundo, no se puede vivir. Es la disolución del propio sujeto que
experimenta. Si no se vive, no hay nada que el lenguaje, anclado en la
experiencia del mundo, pueda dibujar.
En segundo lugar, como sugiere
Popper (2008), ante cada conjetura debemos utilizar el principio de falsación.
La vida y la muerte, así como lo que sigue después, no pertenecen al ámbito del
"conocimiento objetivo". Para Popper, la distinción entre una teoría
científica y una no científica (ya sea metafísica, pseudocientífica o
simplemente absurda) radica en su falsabilidad. Una afirmación se considera
científica si, en teoría, puede ser refutada a través de la observación o la
experiencia. Si una teoría puede ser compatible con cualquier situación
concebible y nada puede demostrar su falsedad, entonces no proporciona
información sobre el mundo real. Podemos falsar afirmaciones como "se
fundió un fusible" porque hay acciones posibles: podemos ir a la caja de
fusibles, observar y probar.
La afirmación "hay vida
después de la muerte" es infalseable no por una limitación técnica
temporal. La falsación implica una acción: requiere que un sujeto formule una
hipótesis, elabore un test y observe el resultado que la contradice. La muerte
implica un cuerpo inerte, sin capacidad para percibir. Ese cuerpo ya no puede
actuar como sujeto, no puede "ir a observar". Ha dejado de participar
en el juego del lenguaje, de la ciencia y del conocimiento. La única forma de
falsar la hipótesis sería estar vivo para verificar que se estuvo muerto, lo
cual es una contradicción abusrda. Dado que es infalseable, la afirmación sobre
la vida después de la muerte queda fuera del ámbito del conocimiento empírico.
No constituye una hipótesis científica ni un hecho del mundo, ya que no se
refiere a ningún lugar al que tengamos acceso.
El
primer Wittgenstein dijo: “de lo que no se puede hablar, hay que callar”
(6.54/7) (Wittgenstein, 1975). Es decir, si lo que nos interesa es
determinar la precisión de la descripción de este acontecimiento, y no su
valoración moral; entonces es imposible saber qué ocurre y no podemos decir
nada, pues nuestro equipamiento cognitivo, como bien la sabia Kant, no puede
rebasar las condiciones de nuestra experiencia física para describir
acontecimientos en espacios públicos. Esto es aceptable si estamos jugando el
juego de la descripción de realidades.
Alguien
puede objetar que esto es arrogancia intelectual y que nuestra racionalidad no
es capaz de atrapar todo, pero tal objeción sólo está aplicando la falacia del
argumento ofensivo, y no hay tal arrogancia, pues se enfatiza con mucha
humildad los límites de lo que podemos conocer.
Por
otro lado, estos planteamientos, por supuesto, no van a acabar, ni pretenden
censurar los relatos que tratan esta situación. Es parte de los temores humanos
insolubles y seguirá existiendo la pregunta, pues cada uno de nosotros se
enfrenta al problema de la extinción de su persona; además, porque nuestro
equipamiento cognitivo no solo mira fuera de sí, sino también dentro de sí, y
ahí, en nuestros mundos privados, la imaginación, la poesía, la metáfora pueden
darnos la inmortalidad y escenarios posibles en los que encontramos una
respuesta individual para esa pregunta tan angustiante.
Finalmente, el argumento
"la Apuesta de Pascal", formulada por el filósofo y matemático del
siglo XVII del mismo nombre, propone que, ante la imposibilidad de probar la
existencia de Dios, la opción más lógica es apostar por su existencia. "Si
ganáis, lo ganáis todo; y si perdéis, no perdéis nada. Apostad, por lo tanto,
sin vacilar a que existe". ¿Y qué tiene este argumento si lo que nos
interesa es saber si hay otra vida después de la muerte? (Pensamientos. III, §233) (1986), Consideramos
que su argumento es de dudosa aceptabilidad ética. Se apuesta no por una
necesidad procedente de una profunda fe, ya que es una astuta estrategia
calculada para definir qué es lo más conveniente ante nuestro profundo temor de
perder definitivamente nuestra vida y que nuestra elección nos dé la
posibilidad de una ganancia: una vida después de la muerte, la salvación, como
precio a nuestra devoción hacia Dios. Es un creer por conveniencia. La apuesta
es, en realidad, una reacción que intenta despejar nuestro temor; con el amparo
de este, ya no es necesario dedicarle mucho tiempo a pensar escépticamente y
vivir tranquilos el resto de nuestra vida. El argumento de la apuesta no llega
hasta sus últimas consecuencias, congelados por nuestro horror al vacío, por lo
que su aparente solidez se resquebraja totalmente: en lugar de preguntar
"¿qué evidencias hay sobre nuestra interrogante?", impone la pregunta
"¿qué me hace sentir mejor?" y así ponerle morfina a esta pregunta tan dolorosa e
inquietante.
2. ¿Qué
es nuestra conciencia o qué somos como sujetos pensantes? ¿hay algo
sobrenatural en ésta que le permita sobrevivir a nuestra muerte?
En
primer lugar, somos seres naturales que han emergido de un largo proceso
evolutivo que no nos ata a ningún nicho ecológico especifico y especializado,
pero que tiene como condición, para sobrevivir en la adversidad y en una
diversidad de esferas de la naturaleza, sustituir con nuestra cultura y
herramientas aquello que no nos dio la naturaleza.
Necesitamos
un cuerpo protegido y alimentado con equipamiento cultural para sobrevivir;
para lograr esto, hay otra condición que nos sitúa en un espacio que ya no es
la naturaleza, el mundo social: nos enfrentamos a la naturaleza para obtener
nuestra supervivencia no de manera individual, sino colectiva y lo hacemos a lo
largo de la historia.
Para
convertirnos en un sujeto colectivo e histórico necesitamos un vínculo que nos
aglutine como una colectividad que trasciende las individualidades y las
generaciones; el lenguaje es ese vínculo que nos une como un sujeto colectivo,
y une a todas las generaciones de humanos en el tiempo.
Tenemos
una fuerza creativa y constructiva similar a la de una colonia de hormigas. Una
hormiga es indefensa como individuo; es su comunicación química la que la
convierte en parte de un ser más poderoso: el hormiguero. (Maturana y Varela,
1990).
Esta
conexión entre los individuos, como entre las generaciones es difícil de
identificar porque careceremos de una conciencia histórica: el individuo no
percibe esa voz que le habla para sí mismo, como lenguaje, sino como una voz
sobrenatural que habita dentro de sí y le llama “su mente”; no se percata que
piensa en un determinado idioma y que usa herramientas culturales con
significado convencional, los símbolos del lenguaje, para definirse a sí mismo.
Eso, por ejemplo, es lo que le pasa a Descartes. Wittgenstein señalo ya la
imposibilidad de un lenguaje privado (1988), el lenguaje puramente mental o
“mentalés”, cuando en realidad hemos interiorizado un lenguaje que obedece a
reglas sociales públicas, que permiten vincularnos y coordinarnos, que se generó
anónima y colectivamente a lo largo de la historia.
Este
lenguaje se puede usar para hacer descripciones de nuestra experiencia que
transcurre en la historia de nuestro desarrollo individual, (Maturana y Varela:
1990), posibilitando darnos una identidad continua a lo largo del tiempo en
diversos contextos al que llamamos “nuestro yo”.
Un
“yo” es, originalmente, una partícula gramatical, un turno para hablar, y
cuando escuchamos somos un “tu”; ese “yo” que se genera en una interacción
social, gracias al lenguaje, cuando la interiorizamos, lo pensamos bajo una
metáfora ontológica que convierte al “yo gramatical” en un “yo sustancial”;
aunque consideramos que es una sustancia distinta al mundo material y por eso
no se puede degradar como todo lo que pertenece al mundo físico.
Ese
“yo gramatical” es el protagonista de todas las narrativas que dan cuenta de
nuestra historia de interacciones en el mundo social o en nuestro mundo de
experiencias particulares; podemos inventar narrativas donde seguimos siendo
los protagonistas de aventuras en un mundo no físico situado más allá de
nuestra vida y convertirnos, en esa historia, en seres sobrenaturales que
sobreviven a la muerte.
Así,
pues, considero que lo que nos hace pensar, lo que nos hace “sujetos”, no tiene
nada de sobrenatural; lo que llamamos conciencia es el lenguaje que describe
nuestra experiencia interior, existe bajo ciertas condiciones mientras
pertenecemos al mundo social, pero, en cuanto dejamos de pertenecer a este
mundo, con nuestra muerte, el proceso se termina, pues carece de sentido
ejercer un lenguaje cuando dejamos de ser personas y nos convertimos
en cosas y no nos vinculamos ya más a los otros humanos.
Nuestra
voz habla gracias a nuestro cuerpo, nuestro sistema fonador que usamos
simultáneamente para alimentarnos y respirar es una máquina de hablar, no
podemos tener conciencia sin cuerpo y sin pertenecer al mundo social y la
cultura: estas dos fuerzas han domesticado a nuestro cuerpo
para hacerlo hablar.
Hagamos
un breve experimento: pensamos en algo, en silencio, coloquemos nuestra mano
con el dedo pulgar e índice sobre nuestro cuello mientras pensamos en silencio:
nuestro aparato fonador sigue cumpliendo rigurosamente en silencio las reglas
fonéticas.
Pasemos
ahora al interior de nuestra boca, continuemos usando nuestra enigmática mente
para continuar pensando, y simultáneamente focalicemos cómo nuestra lengua se
coloca en distintos puntos de nuestra cavidad bucal, articulando los
silenciosos sonidos de la voz que vive en nuestra mente. Nuestra supuesta alma,
no puede prescindir del trabajo del aparato fonador: aun en silencio vibra y
articula ligeramente con cada palabra de “nuestra mente”
Este
aspecto fundamental de la actividad de nuestro cuerpo tiene nombre, “habla
subvocal”, presente en la producción
del llamado “pensamiento” y ha sido investigado experimentalmente:
"El habla subvocal se
define fundamentalmente como la articulación interna y silenciosa de palabras
sin producir sonido audible ni expulsar presión de aire. El mecanismo clave que
define el habla subvocal es la disociación entre el comando motor y la salida
acústica: el cerebro inicia los programas motores necesarios para el habla, activando
músculos en cuerdas vocales, lengua, labios y mandíbula, pero inhibe la
intensidad necesaria para generar ondas sonoras." (Psychology Encyclopedia).
Pero no es meramente un acto
corporal, es la conexión entre nuestro cuerpo y socialización que da lugar a
nuestra habla y el llamado pensamiento, el cual no es un misterio, es la internalización
de dialogo que aprendimos, en el mundo social, lo aprendió también nuestro
cuerpo, que hasta para pensar sigue trabajando en la aparente sombra, con las
huellas de sus orígenes casi olvidados Borghi, A. M., & Fernyhough, C. dicen
al respecto:
"El habla interna
(discurso encubierto autodirigido) resulta de la internalización de
interacciones mediadas lingüísticamente que regulan la cognición y el
comportamiento. La articulación encubierta es la manifestación motora de este
proceso: los músculos del habla se activan silenciosamente como un vestigio del
habla social externalizada que ha sido internalizada."
3. ¿Por
qué el fenómeno de la muerte, propia o de alguien cercano nos genera tanto
dolor? ¿Es posible aceptarla sin este trance amargo?
Para
dar respuesta a esta interrogante considero dos condiciones, una biológica y
otra social:
Una
condición biológica evolutiva que hace a los seres humanos sufrir sus pasiones
de forma desmesurada, hybris o desmesura lo llamó Edgar
Morín en su obra “El método: las ideas”, retomando el termino
griego para desmesura; el placer, el dolor, la ira, la risa se desbordan en los
humanos, mientras que en otras especies cuando llega la muerte, de sus críos
por ejemplo, inmediatamente se ocupan de continuar en su lucha por sobrevivir
con los que quedan vivos y garantizar la continuidad de la especie.
Con
nuestra condición de hybris, todas estas emociones nos llevan
frecuentemente a los límites de la locura, se dilatan en intensidad y duración.
Y el dolor por la muerte no es la excepción. Nuestros rituales que honran al
muerto sirven para mesurar nuestras emociones y dolor.
Por
otro lado, y como parte de esta misma dimensión biológica, la desmesura es una
estrategia necesaria para la supervivencia en el mundo natural, que permite que
unos pocos vivan ante la muerte de muchos otros (Morin, 1992).
Las
amenazas para la supervivencia exceden en cantidad y poder a cada individuo
viviente, el nacimiento de pocos sería fatal para cualquier especie. Como
contrapeso el nacimiento desmesurado de individuos de la misma especie
posibilita que algunos sean afortunados en sortear las amenazas contra su vida.
Peces
y anfibios ponen millones de huevecillos, millones de semillas y polen son
producidas por plantas, al igual que millones de espermas y cientos de óvulos
derrocha la naturaleza para que sólo unos pocos afortunados vivan, como si la
naturaleza jugara una extraña lotería.
Los
animales viven en un universo natural, en dónde no hay memoria, calendarios, ni
tiempo, aunados a una conciencia de estos elementos, es decir que nosotros
vivimos en universo simbólico y eso hace a la muerte muy compleja: la muerte
humana tiene un significado cultural, que nos hace tener una conciencia
anticipadora de lo inevitable y una memoria que conserva a sus muertos y al
dolor por su partida, lo que nos lleva a temerle como a ninguna otra cosa en el
mundo y rechazarla radicalmente. No hay muerto que no se llore, que no duela,
no nos consideramos como solo un huevecillo o semilla dilapidada e irrelevante,
perdida para siempre.
Además,
el significado social y cultural de la muerte se relaciona con la organización
económica política, así como de las ideologías y narrativas que sustentan el
diario vivir de esas sociedades.
Así,
vivir en una sociedad moderna capitalista extremadamente individualista,
secular y desencantada, hace del dolor por la muerte de un ser querido un
problema subjetivo y privado, sin ningún acompañamiento social y, por tanto,
carente de solidaridad y de empatía. Como este orden social no se quiere
cambiar, el dolor que sentimos por la muerte de nuestros seres amados se
patologiza y medicaliza, y se trata como un asunto privado, que un experto debe
ayudar a resolver lo más pronto posible para reincorporarse al mundo productivo
donde, supuestamente lo normal es la alegría y la felicidad en todo
momento.
En
otras sociedades más tradicionales y de vida comunitaria, la vida y la muerte
de sus miembros es un asunto que involucra a todos. Por ejemplo, en algunos
lugares de Oaxaca el casarse es un asunto de toda la comunidad, debes tener
todo lo necesario para tu vida de casado con el apoyo de todos: con padrinos de
refrigerador o de comedor.
La
muerte no es un asunto diferente: todos llegan a rezar, cocinan, se despiden
del difunto y después de su inhumación, durante días, meses o años, continúan
los rituales fúnebres. Estos rituales hacen que la muerte se vea como un
acontecimiento necesario del ciclo de la vida, en el que los otros “te
acompañan en tu dolor” y dan entereza ante lo inevitable.
4. ¿La
muerte le da significado a nuestra vida o la hace carente de éste?
Retomare
uno de los versos del poema “La prosa de la calavera” de José Emilio Pacheco:
“Gracias a mí todo es inexpresablemente valioso porque todo es efímero y jamás
se repite” (1983).
Desde
que nacimos estamos sitiados por la muerte, cualquier paso en falso nos puede
regresar a la nada: una enfermedad, un accidente, un descuido idiota, pasar por
donde no deberíamos, o una conspiración contra nuestra vida.
Elaboramos
planes proyectándonos al futuro tratando de evadir este estado de sitio, para
asegurarnos un futuro en el que hayamos superado carencias y necesidades que
constantemente nos amenazan, pero, al final, como bien lo sabe Heidegger, nada
garantiza que se cumplan; pensar en el cumplimiento puntual de nuestras metas
es un sueño que vivimos despiertos, hace que nuestra vida parezca asentada
sobre un suelo solido; y nos hace olvidar, o esconder nuestra clara conciencia
de nuestra finitud, y eso parece hacernos felices.
Por
otro lado, nosotros somos parte de un proceso vital que nos trasciende, un paso
necesario dentro de éste, pero cuya huella parece borrase muy pronto. La vida
es mantener un continuum en el tiempo, en el que cada uno de nosotros pasa a
integrarse al todo del fluir de la vida, para luego pasar a la sombra una vez
que hayamos hecho nuestra contribución; por eso no trascendemos como individuos
más allá de este proceso.
Los
significados sociales para la muerte son muy importantes para saber si la vida
tiene o no un sentido.
En
la cultura individualista y capitalista actual, en la que el significado de la
vida sólo se enfoca en nuestro ego y sus circunstancias más inmediatas, la
muerte es completamente absurda por que, para esta cultura, todo lo valioso
comienza y termina con el individuo. Para el individualismo “lo mío”, cuando
pasa a otras manos sin ganancia alguna es una desgracia.
Para
una perspectiva enfocada en la totalidad del devenir, la herencia cultural que
recibes, incrementas, innovas y das en herencia a las siguientes generaciones,
es una de las cosas más dichosas, pues te realiza más allá de los límites de tu
tiempo.
Lo
anterior no minimiza el sufrimiento, el sacrificio y el dolor que experimentan
las personas como individuos por su contribución a la realización de sí mismos
y en especial de los demás. El dolor es uno de los costos de nuestra pequeña
felicidad. Lo que subrayamos es que nuestra muerte en esta segunda perspectiva
cultural no es absurda, por su contribución al mantenimiento de la vida del
todo.
Por
otra parte, cada individuo es un universo por sí mismo, intenso en vivencias,
emociones, significados, creatividad y pasiones, pero el cual, algún día tarde
o temprano, acaba por colapsarse. Pero si el significado de nuestra vida
estuviera tan solo en nuestra individualidad, efectivamente seriamos un “ser-para-la-muerte”. Al
respecto dice José Emilio Pacheco en su poema “Jardín de niños” (1984), con lo
cual concluimos este trabajo, tomando este poema como una postura nuestra:
“Pero que importa esa agonía
Si te derrumbas, si te mueres
Habrá otro siempre
Para acabar cuanto empezaste
Nada es inútil,
Tu misma muerte
Transmitirá la vida a quienes lleguen
El mundo
No morirá (lo sabes)
Cuando te extingas.”
Borghi, A. M.,
& Fernyhough, C. (2022). Concepts, abstractness and inner speech. Philosophical
Transactions of the Royal Society B, 378(1870). [Nota: Publicado en
2023, volumen 378, número 1870]
Maturana, H. y
Varela, F. (1990). El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del
conocimiento humano. Editorial Debate.
Morin, E. (1992). El método: Las ideas (Vol. 4). Ediciones
Cátedra.
Pacheco, J. E. (1983). Los trabajos del mar. Ediciones Era.
Pacheco, J. E. (1984). Fin de siglo y otros poemas. Fondo de
Cultura Económica.
Pascal, B. (1986). Pensamientos. Alianza Editorial.
Popper, K. R. (2008). La lógica de la investigación científica. Editorial Tecnos.
Psychology
Encyclopedia. (s.f.). Subvocal speech. En Encyclopedia of psychology. Recuperado de https://encyclopedia.arabpsychology.com/tag/subvocal-speech/
Wittgenstein, L. (1975). Tractatus logico-philosophicus. Alianza
Editorial.
Wittgenstein, L. (1988). Investigaciones filosóficas. Editorial
Crítica.
LA MUERTE NO NECESITA PERMISO Una reflexión filosófica-cultural sobre la muerte © 2025 by Abraham Galarza Cid is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International
Des-encanto
Ni los ángeles ni las hadas existen
Pero los monstruos que engullen niños
si...
Ni la humanidad ni la compasión
existen
Pero los humanos bellos e indiferentes
si...
Ni los valores morales y éticos
existen
Pero la bolsa de valores si...
Ni la intervención divina
ni su santa indignación ante el mal
existen
Pero los pecados y rezos
perdonando a los malvados si...
Ni la magia ni los milagros existen
Pero el mago y el santo Papa si...
No sé sí su sonrisa y sufrimiento
existieron
¿O la vi en un sueño?
Pero la exquisita tecnología que la
convirtió en polvo si…
Abraham Galarza Cid
Impotente y vulnerable poema dedicado a los niños y niñas de Palestina
lunes, 7 de julio de 2025
EL AURA DE MARIANITA*
Abraham Galarza Cid
Apenas
nació Marianita, ya tenía el proyecto de ir a la escuela; los niños y niñas
podrían carecer de muchas cosas: riqueza, juguetes, fiestas de cumpleaños o
ropa bonita y cara. Pero de lo que no podían carecer era de una buena educación
en la escuela y entre más temprano comience… ¿Mejor?
El
proyecto no era de ella, como a muchos nos pasa en nuestra muy temprana
infancia. De todos modos, a su edad no tenía nada claro lo que quería, ni sabía
por qué se tiene que hacer todo eso. Así que cuando apenas había aprendido a
hablar, se fue a la escuela.
Al
principio a Marianita le gustó mucho que le compraran ropa, su mochila, cuadernos, lápices y que le prepararan una comida para
almorzar en el recreo. Cuando veía a su hermano Neto ser objeto de todas esas
atenciones, le daba la impresión de que la escuela era algo lindo y especial,
pues sus papás dedicaban mucho tiempo a ¿qué le falta a Neto para estudiar?
Mientras sus narices se inflaban de orgullo sobre los logros de su
hermano. Pero para Marianita inició el infierno.
Empezó
por despertarse muy temprano, a las 8 de la madrugada, para ella que dormir hasta
tarde era sagrado. Justo cuando acaba de cumplir tres
años, su maestra les comunicaba a sus estudiantes su objetivo: que lo más pronto posible estuvieran leyendo y
escribiendo, además de saber contar, hacer sumas y restas.
Para
lograr ese sueño, no de Marianita, sino de sus papás y de su maestra, debería
esforzarse mucho, hacer sacrificios y dedicar la mayor parte de su tiempo en la
escuela y en su casa para aprender todo eso.
Numerosas
actividades como realizar rayitas, bolitas, caracolitos; para posteriormente
pasar al aeiou, luego al abc, sin dejar de lado el 12345678910; no podian faltar numerosos recortes y manualidades, entre otras actividades.
Marianita
estaba enojada todo el tiempo en ese lugar; creía que, si dejaba de hacer sus
tareas, su maestra se cansaría de esperar y, con ganas de regresar a su casa,
la dejaría ir. Pero no. El general, perdón, la maestra, no dejaba salir a nadie
de la escuela hasta que terminara sus trabajos. Su mamá llegaba por ella, y
pasaba una, dos horas, y muchas veces hasta la madrugada lograba terminar, o
por lo menos ese tiempo le parecía a Marianita que transcurría. Todo para que
en su casa comenzara el segundo capítulo, con otro millón de tareas que apenas
lograban terminar a la media noche, con su mamá en el relevo de la maestra, en el puesto de
vigilancia y capataz de la prisionera, perdón… de la estudiante.
Su
papá apoyaba este rudo régimen carcelario, pues, según recuerda desde
su muy, muy, muy, muy lejana infancia, a los niños y niñas se les ha aplicado
desde siempre aquella ley que dice “la letra con sangre entra”, tal y como
habían hecho con él.
Marianita
se cansó: acabó por molestarle todo lo que fuera escuela. Un día muy
seriamente, y con una madurez que solo da una dura infancia, le dijo a su
madre, muy enojada:
—Sácame
de la escuela, me voy a poner a trabajar. —Y así lo hicieron.
En
una ocasión, cuando toda la familia fue a la ciudad capital a trabajar,
vendiendo gelatinas, panecillos rellenos de mermelada, espejos, chocolate en
polvo y otras cosas que ellos fabricaban para ganarse la vida, Marianita
escuchó un sonido impactantemente hermoso que salía de un antiguo edificio;
nunca había escuchado algo igual y quería ir a ver qué pasaba ahí.
Sus
papás no le prestaron atención al sonido; con tantas preocupaciones para
ganarse el pan, les parecía perder el tiempo, pero ante la insistencia de
Marianita, la dejaron ir a ver qué eran esos hermosos sonidos, con la
condición de que, en cuanto lo averiguara, regresaría con ellos a trabajar.
Entró
a un lugar oscuro con luz en el centro; un pequeño grupo de personas sentadas
ponía su atención en una joven de cabello azul brillante, que tocaba una
pequeña guitarra, pero poniendo algo así como un palo sobre el cuello del
instrumento; después supo que se llamaba violín.
Marianita
se sentó, cerró los ojos para escuchar mejor y sintió todo tipo de emociones e
imágenes: tristeza, miedo y alegría, que estaba volando, que había ido más allá
de este mundo en el que estamos y por un segundo lo sabía todo. Todas esas
emociones y situaciones pasaron por ella en una brevedad de tiempo.
Pacientemente
espero a que terminara todo; después de un aplauso final se acercó a la
violinista. Extrañamente, noto que su pelo era ahora oscuro, pero no era
importante eso. Se presentó, le dijo que era maravilloso lo que hacía y le
preguntó si podía aprender ella a hacerlo. También la chica se presentó, se llama
Doux, quien, llena de alegría por apreciar lo que hacía, le dijo que sí, pero
que necesitaría un violín para enseñarle, que en cuanto lo tuviera, la buscara
en su trabajo, lo que sorprendió a Marianita, que una gran artista trabajara
llevando libros de cuentas para los negocios de la ciudad.
Después
de ese encuentro, corrió a ver a sus papás, les contó lo que pasó y que
necesitaba urgentemente un violín. A su papá le dio un dolor muy intenso en su
codo mientras escuchaba; por su parte su mamá se puso muy feliz de que Marianita quisiera estudiar
algo por su propia iniciativa, pero le preocupaba encontrar un violín en ese
lugar. Como no había tiendas de violines, sus papás acudieron con sus amigos y
familiares para conseguirlo.
El
tío Maggio, un amigo de juventud de su papá, era un maestro carpintero experto
en fabricar muebles finos y delicados; dijo que él lo haría con gusto y con la
ayuda del abuelo Sami. Pero necesitaba un tipo de madera especial para hacerlo.
El tío Huggies, un empedernido bromista y dicharachero personaje, que trabajaba
con su carruaje tirado por caballos para llevar personas y cartas a ciudades
alejadas, a pesar de haber estado enfermo, se ofreció para conseguir la madera.
Desde ese día, el tío Huggies anda más fuerte que nunca haciendo felices con
sus bromas a sus pasajeros mientras trabaja.
El
tío Maggio pidió prestado el violín de la señorita Doux, lo midió por todos
lados, hasta el grosor de las cubiertas; así trabajó cada detalle y cuidado,
como siempre hace su trabajo. Con las medidas hizo un molde en papel para
cortar y ensamblar la madera. El abuelo Sammy se encargó de completar el
trabajo colocando los herrajes y cuerdas que con mucho amor hizo para su nieta,
para finalmente ponerle pintura y barniz: el resultado, un hermoso
violín.
Aún
falta ver si cumplía con su función; la señorita Doux lo tomó en sus manos,
movió los herrajes, mientras mencionaba el nombre correcto de cada parte, dijo:
—Perfecto,
vamos a comenzar —empezando a producir sus dulces y melancólicos sonidos y
comenzará la primera clase de música para Marianita.
Para
ese día especial, el abuelo Sammy y la abuela Tammy prepararon una rica comida
italiana a la que todos ellos acudieron, hasta el tío Sammy Jr. que vivía en
un lugar muy distante, llegó ese día tan especial.
La
persona más contenta era la señora Mariana: su hija había elegido estudiar, no
por la fuerza, sino por propia convicción. Ella en su juventud tuvo muchas ganas de
estudiar, pero su familia no tenía tantos recursos para mandarle a la escuela;
así que emprendió un viaje, junto con su hermano Sammy Jr., por lugares muy
peligrosos, en un país distante, para conseguir un trabajo y juntar dinero para
estudiar. Aunque ella logró terminar su carrera, fue muy difícil encontrar
trabajo para lo que había estudiado. Pero eso nunca fue un obstáculo para cuidar a lo que
más amaba, por eso todo el día se le veía trabajando y haciendo planes para
tener más ingresos para sus polluelos y ella tener una vejez tranquila. Además,
estaba feliz porque creía que Marianita a partir de ese acontecimiento mejoraría en sus
estudios cuando regresara a la escuela. Y tenía razón.
Marianita
comenzó a dominar los números, las letras; se le empezó a facilitar hacer estas
cosas, como si la disciplina que exigía la música la hubiera hecho fuerte y
hábil para otras actividades escolares.
Debo advertir que este cuento no es uno de hadas, dónde las personas son completamente perfectas. Marianita no fue una alumna de puros dieces, pero le fue mucho mejor desde entonces, aunque a veces tenía sus recaídas y tenía ganas de dejar todo, sin pensar que no se puede renunciar al trabajo personal que debemos dedicar a lo que nos gusta.
La maestra Doux le contó que cuando era niña tenía muchas ganas de ser violinista, pues cuando escuchaba esa música sentía una emoción muy extraña dentro de ella (exactamente la misma mezcla de emociones que sintió Marianita; se llama “aurea” y sale en forma de luz alrededor de la cabeza de las personas, luz que no todos pueden ver.). Pero sus papás no la pudieron apoyar y por eso primero aprendió un oficio y, con su trabajo, comenzó a pagarse sus clases de violín, a dedicar mucho tiempo a practicarlo, sacrificando otras actividades y cosas personales que tenia que comprarse. Terminó su relato diciendo que valía mucho la pena hacer ese sacrificio para sentirse realizada haciendo su música. Todo ese amor y disciplina se notaba cuando tocaba su música y daba su clase a Marianita. Y le dijo:
—Tú tienes una luz de artista Marianita, cuando te vi por primera vez lo noté—.
Alguna
vez a Marianita le dejaron de tarea hacer un dibujo de algo que le gustara
mucho para participar en un concurso; pero no tenía una idea clara de cómo
hacerlo. Recordó que su viejo le había contado que su papá, o sea el abuelo Marcel, había estudiado pintura y, aunque nunca se había dedicado a ella,
le había logrado enseñar algo a su hijo, el papá de Marianita. Ella no creía
esa historia, pues jamás lo había puesto en práctica delante de ella.
Marianita
quedó asombrada cuando vio que su papá le explicaba cómo mezclar
colores, cómo hacer líneas para hacer aparecer ciertas formas, con sus luces y
sombras, mientras la nariz chata de su papá se inflaba de orgullo al mezclar y
producir colores muy bellos. No podía creer que su papá fuera capaz de eso.
También
vio que le salía un poquito aquella luz que había visto en su maestra Doux
cuando tocaba su violín. Pero en él la luz era muy débil, como cuando en la
noche a lo lejos se ve un rayo saliendo de una oscura nube.
Marianita
se asustó: si ella dejaba de lado el violín, ahora que era niña, si no trabajaba
lo suficiente ¿esa luz de los artistas dejaría de brillar en ella? ¿Su papá
quizá no tuvo mucho amor por lo que hacía? ¿No había luchado contra los
obstáculos para dedicarse a eso que amó hace muchos años atrás? ¿Su abuelo
Marcel, con su idea de que “la letra con sangre entra”, había matado el amor de
su hijo por la pintura? ¿A ella le pasaría lo mismo si seguía los pasos de su
padre? Pero a su mamá y a la maestra Doux, ¿la vida les había aplicado también
eso de “la letra con sangre entra” y su vida era distinta?
Marianita
no solamente tenía intereses artísticos, también amaba a los gatos; se imagina
siendo doctora de gatos y animales cuando sea una adulta, mientras les hace
curaciones a sus juguetes y a sus gatos en sus juegos. Otras veces se imagina
diseñando casas o resolviendo, como una gran científica, misteriosos crímenes.
El
futuro de Marianita no lo puedo ver; yo solo puedo ver cosas y contar historias
ahí donde hay letras escritas, pero en Marianita esas páginas aún están en
blanco; ella las va a escribir con sus acciones y decisiones.
De cualquier manera me quiero imaginar que, no importa a lo que se dedique, su aura brillará
para hacerla feliz y a las personas que logren ver su luz.
Y
colorín colorado, este cuento se ha acabado.
FIN
*Advertencia: esta historia y los personajes que aparecen en esta
son ficticios. Cualquier parecido con personas reales, o con hechos reales es
pura coincidencia.
Las ilustraciones fueron creadas con I.A.
La historia fue elaborada de manera artesanal y con la receta secreta.
EL AURA DE MARIANITA © 2025 de Abraham Galarza Cid con licencia CC BY-NC-ND 4.0. Para ver una copia de esta licencia, visite https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/





