Para Marina, Ernesto y Marinita, compartiendo vidas, tiempo, emociones y cuidados mientras subimos a la cima de la montaña, preparando el hogar de los que vendrán
"Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los
ángulos posibles. Formo parte de los miles de millones de vidas que me han
precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen
en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el
presente." Frank Belknap Long: Los perros de Tindalos
El devenir
Hegel concibe la realidad como
cambio constante; ésta se manifiesta como tiempo. Pero el tiempo no es un
mecanismo que se active automáticamente. Son nuestras acciones las que dan
lugar a su despliegue. Así, nuestra actividad biológica nos hace surgir a la
vida; el autodinamismo de ésta nos hace pasar a través de un proceso que nos
convierte en una célula, un embrión, hasta que salimos a la luz como bebés.
Este autodinamismo continúa fuera del vientre de la madre y pasamos a la
condición de niños, jóvenes, adultos, ancianos y acaba inevitablemente en
nuestra muerte. Durante ese mismo periodo realizamos acciones que nos hacen
pasar de una condición social de un tipo de persona a otra: de solteros a
casados o divorciados, estudiantes, empleados, desertores, etc. A un nivel de
mayor complejidad la sociedad sigue la misma ruta: de pequeños grupos pasamos a
convertirnos en tribus, aldeas, pueblos, Estados nacionales, imperios,
tiranías, democracias, etc. Y así, continuamente, pasamos de ser algo a ser lo
contrario de lo que éramos anteriormente. El concepto de devenir refleja esta
condición de nuestra temporalidad: pasar de la condición de ser algo, mientras
transitamos a ser otro, para finalmente no ser más algo. Nuestras acciones,
voluntarias o autónomas e inconscientes, construyen una identidad transitoria
que nos conduce a otra condición, mientras niega la anterior, para finalmente
dejar de ser. Esta perspectiva parece ser pesimista con respecto a nuestro
destino individual, y lo es si solo lo vemos desde ese momento de la
temporalidad. En realidad, nuestro ser individual, parcial y efímero, es parte
de uno más amplio, permanente y a la vez dinámico, que incluye todos los
momentos y entes individuales, así como el legado que han dejado; por lo cual
Hegel no dudó en llamarlo Absoluto.

Apolo y Dafne: Bernini
Del Espíritu Subjetivo al
Espíritu Absoluto
En este tránsito del
ser particular al ser absoluto emerge un fenómeno llamado la conciencia, que
también se despliega en ese espacio de la transformación humana que llamamos
Historia. El tema de la conciencia que conoce un mundo, o de un sujeto frente a
un objeto, es esencial para toda la filosofía; temática que, al tratar de
especificar el tipo de relación que tienen ambos polos, ha sido generalmente
comprendida en términos de separación y pasividad: el sujeto se deja determinar
por el objeto para el empirismo, y así surge la mente humana, que permanece
yuxtapuesta al objeto; en el racionalismo el sujeto, desde la mera
contemplación y la pura actividad de su mente, determina el ser del mundo, en
una permanente relación mental a distancia. Además, concibe esta relación como
intemporal; prescinde de nuestra corporeidad, de nuestra historia, de las
herramientas de la cultura que empujan el nacimiento y crecimiento del espíritu
humano. Otro rasgo importante es que, tácitamente, este espíritu se concibe
como el de un individuo, mientras que para Hegel ese sujeto es colectivo.
El filosofo en meditación, Rembrandt
Desde que emergemos de la naturaleza nos enfrentamos a ésta
transformándola para satisfacer nuestras necesidades; el sujeto se enfrenta al
objeto para transformarlo, no para contemplarlo, lo hace negándolo como
naturaleza para afirmarlo como lo humanizado. No se enfrenta un individuo a la
naturaleza, sino la especie, y tampoco lo hace en un momento o en una
intemporalidad metafísica, sino en el tiempo del sujeto colectivo: la Historia,
como ya lo habíamos mencionado. Su relación práctica con el mundo transforma al
objeto pero también a sí mismo como sujeto, lo cual se ve reflejado en las
instituciones que funda a lo largo de la historia, en sus creaciones
culturales, que nunca son homogéneas, sino heterogéneas, y en sus códigos
éticos y políticos. Este sujeto colectivo se transforma cualitativamente, pues
sus formas de pensar lo que es la justicia, el derecho, el arte, etc. apuntan a
un pensamiento dinámico que no tiene una forma fija para definir sus
creaciones: así, en la política y el derecho, inicialmente la humanidad
organiza sus códigos para que solo un hombre sea libre y los demás esclavos;
siglos después, este mismo espíritu humano colectivo, transformado por sus
propias acciones en la historia, crea códigos legales para que todos sean
libres e iguales. La mente del individuo (con sus peculiares formas de conocer:
sensibilidad y entendimiento) es solo un momento del espíritu. En su
fenomenología, la humanidad entera, que colectivamente transforma el mundo en
la historia, es el espíritu pleno y completo, es decir, el Espíritu Absoluto.

Vincent van Gogh: campesina cortando paja
Adriaen Van Stalben: Las Ciencias y las Artes
Aunque el espíritu humano en su forma absoluta es unitario, no es
homogéneo, pues la contradicción es siempre latente. Las relaciones entre los
seres humanos adquieren una forma prototípica: el enfrentamiento entre amos y
esclavos. En la reproducción de su vida el sujeto impregna de espiritualidad
humana a la naturaleza, pero no halla eco de su grandeza en la naturaleza muda;
el ser humano pleno es el que es reconocido como tal, pero solo puede ser pleno
en la mirada de otro. Ser reconocido como ser supremo ante los otros hombres
parece ser una constante en la historia de la humanidad, desde los grandes
conquistadores hasta los hombres más ordinarios que lideran grupos criminales;
todos han tenido esta terrible obsesión. En general, todos ellos se apoderan de
otros seres humanos y de sujetos los convierten en objetos, animales de trabajo
que satisfacen sus necesidades. Pero el esclavo es ese sujeto que se enfrenta
al objeto, transformándolo y, a la vez, transformándose a sí mismo
espiritualmente. Las grandes creaciones del espíritu humano son obra de los
esclavos, no de los amos, aunque los nombres de los esclavos se pierden en la
oscuridad del devenir.

Lógica y Dialéctica
Tradicionalmente la filosofía
ha buscado atrapar la realidad mediante el uso de una lógica que define y fija
las cualidades permanentes de ésta. Así podemos distinguir entre cualidades
contingentes (las que tienen las cosas, pero que pueden dejar de tener sin que
dejen de ser lo que son) y necesarias (las que tienen y no pueden dejar de
tener) de la realidad. Las sillas, por ejemplo, tienen características tanto
contingentes (su color, el material del que están elaboradas, si tienen cuatro
patas u otra estructura, etc.) como necesarias (un asiento individual, un
respaldo, y una estructura que las dispone sin riesgo de hacer caer a su
usuario al suelo). Su identidad se fija sacándola del contexto en que existen
las sillas para asentarla, en el pensamiento, como una estructura universal que
dibuja claramente la esencia, y por ende su identidad de silla. Pero las sillas
son antes materia prima (madera, minerales, petróleo, etc.), necesidades
humanas (descansar, colocarse sentado para hacer mejor ciertas actividades), y
capacidades intelectuales y corporales para hacer sillas. Dicho de otra manera:
las sillas también se ubican en el devenir, se producen, se estrenan, se usan
durante determinado tiempo, se hacen viejas (se apolillan, se rompen, se hacen
feas, pasan de moda, se desechan o se reciclan). La lógica ha logrado crear la
imagen de la silla a partir de sacarla del tiempo y del contexto del ciclo de
vida de la silla; esa imagen es como una fotografía de los tiempos en que se
inventó este aparato, cuando se tenía que posar completamente quieto para poder
salir bien retratado.
La filosofía anterior a Hegel,
desde Parménides a Kant, pasando por el empirismo, en su esfuerzo por atrapar
lo permanente de la realidad, intenta detener el fluir del devenir,
interrumpiendo la acción del mundo que produce ese devenir, operando así: eliminar
lo que la silla no es, que llamaremos propiedades "B": materia prima,
sus cualidades contingentes como color, material, forma; las necesidades
humanas que hacen surgir la silla (que incluye también caprichos que producen
sillas con materiales y formas exóticas, así como las posibilidades económicas
para tener sillas baratas o de lujo); la historia de los muebles, ese espacio
que posibilita ampliar la gama de materiales y diseños; y finalmente su tiempo
de descarte. Las sillas se definen entonces por sus propiedades permanentes y
necesarias (un asiento individual, un respaldo, y una estructura que las
dispone sin riesgo de hacer caer a su usuario al suelo). A estas propiedades
las llamaremos "A".
De esta manera tenemos, en la
filosofía anterior a Hegel, que la identidad de la silla, o de cualquier ente
del mundo, se opera de la siguiente manera: "A = A"; lo absurdo es
que la silla o cualquier ente sea así: "A = B". Para tener clara la
aportación original de Hegel es importante tener en cuenta que "B"
representa el mundo del devenir de las sillas que describimos en el párrafo
anterior.
Es cierto que A = A o que la
silla es igual a sus propiedades necesarias, pero esa es una verdad incompleta;
la verdad plena y absoluta de la silla es A = B: la silla es también la
historia de su devenir. La filosofía anterior a Hegel opera con una lógica de
negación, de separación, de hacer esconder, para finalmente extraviar el
devenir en su forma de pensar la realidad. La dialéctica hegeliana es un
esfuerzo por integrar lo que ha sido negado, para poder pensar de una manera
completa todo el proceso de la realidad. En la filosofía anterior un momento
del devenir ha sido fijado, dando lugar a la lógica de la identidad, A = A;
esto es resultado de la manera en que la filosofía intenta atrapar la realidad:
desde la contemplación. Contemplar es detener la acción, dejar de hacer para
que ese momento del devenir perdure. En Hegel acción y contemplación son parte
de una misma realidad, igual que lo necesario y lo contingente, devenir y
permanencia, los cuales están conectados de una manera no evidente; la sociedad
tiene que movilizarse a lo largo de la historia, crear la realidad mediante el
conjunto de su praxis, para que el filósofo pueda, después, interpretarla: «El
búho de Minerva sólo emprende el vuelo a la caída de la noche» (Hegel, 1985).
Así pasamos de pensar
la silla, con la lógica tradicional, como una esencia fija a comprenderla como
un proceso histórico complejo. De la misma manera, bajo esa lógica esencialista
nos pensamos a nosotros mismos desligados de los procesos de transformación
colectiva, con sus implicaciones políticas y éticas: al vernos como una esencia
fija, nos concebimos como individuos sin ligamento con los otros, y esto
involucra competir y luchar contra ellos, en vez de ubicarnos dentro de un
proceso en el cual podemos colaborar, para trascender nuestra natural
vulnerabilidad y preparar un mejor lugar para los que vendrán. El pensamiento
no es un accesorio ornamental para nuestro estatus social que justifique
nuestro aislamiento y privilegios, sino una de las formas de reparar nuestra
omisión y comprender nuestro compromiso frente a nuestros ancestros y nuestros
sucesores.
La silla de Gauguin, Van Gogh ¿Es esta silla solo su forma (A=A), o es también la luz que la envejece, el cansancio de quien se sentó en ella, y la historia del arte que la hizo posible (A=B)?
Hegel, el Sísifo de la esperanza
Cronos, el original padre de los dioses griegos, devora a sus hijos; así
el devenir, nuestro padre, acaba por devorarnos a todos. Sísifo, el héroe
trágico, lleva la enorme roca a la cúspide de la montaña para verla derrumbarse
y está condenado a repetir este ciclo por toda la eternidad. En Hegel, como ya
habíamos mencionado antes, el espíritu individual solo es un momento del
espíritu absoluto. Cada persona que llega al mundo humano se esfuerza por
elevar su vida a determinada cima; de pronto, las fauces de Cronos se abren,
cae, y se pierde en el abismo del olvido. No obstante, esta persona, durante el
breve lapso de su vida, contribuyó, de mil maneras, sin saberlo, al
mantenimiento del Espíritu Absoluto. Por ejemplo, salió alegremente del hogar
de sus padres, sin lograr entender plenamente la melancolía de ellos, para
fundar "su propia vida". Tuvo hijos, y cada día se esforzó, sin
saberlo, para disolver a su propia familia: a lo largo de los años trabajó
duramente para que sus hijos salieran, un día, fuera del hogar con la fuerza y
sabiduría cotidiana para fundar otra familia. Haber hecho esto le costó muchos
sacrificios que acabaron por minar su vida; no le importó, al contrario, esta
renuncia lo hacía una persona feliz. Esta felicidad no es un anhelo individual,
sino el acto de dar vida a la vida y ayudarla a hacerla crecer. Las
revoluciones sociales no son algo muy distinto: alguien lucha y muere para
darle libertad a otra generación. Estas acciones son uno de los más finos hilos
de la realidad del Espíritu Absoluto; sin ellas, no podría existir.

Francisco de Goya: Cronos devorando a su hijo
Dios está en todos lados, todo
lo sabe y lo ve todo, mientras que el individuo está en un momento y un espacio
finito; su mirada es de poco alcance y su conocimiento del mundo es
fragmentado. Hegel usa una bella metáfora de origen místico para expresar todo
el esplendor del pensamiento humano colectivo, de esa humanidad que está en
todos lados, que lo sabe todo y lo ve todo (pues todo lo que puede conocer es
producto de su praxis), de ese espíritu de pretensiones omniabarcadoras
presente en sus creaciones más excelsas: mito, arte, ciencia, tecnología y
filosofía; ese espíritu que no solo es actividad, sino memoria colectiva y
trabajo, pues el conocimiento generado en el pasado guía la exploración hacia
el futuro. Es el Espíritu revolucionario que, al final del vuelo del búho de
Minerva, esperaba que toda la humanidad fuera libre, más creativa, más digna,
asemejándose a Dios.
Desde lo cotidiano de tu
mirada llegar a lo absoluto
Parafraseando a Frank Belknap
Long, el sujeto colectivo que describe Hegel no es sino los millones de vidas
que nos han precedido; cada una de estas vidas es un momento del Espíritu
Absoluto. Somos una totalidad conectada a través de la historia y la cultura,
pese a nuestro anonimato y nuestra amnesia sobre la existencia concreta de esas
personas. El Espíritu Absoluto existe a través de todos los seres humanos y
todos los seres humanos existen en él.
Por nosotros el
Espíritu Absoluto lo percibe todo y desde todos los ángulos posibles. Esta
reflexión es un intento dialéctico que busca, a través de lo efímero del que
escribe y del que lee, colocarse en esos ángulos, en la visión de todos y cada
uno de nosotros, para, en la fugacidad del instante, comprender nuestra
pertenencia con toda la historia de la humanidad, su pasado, su presente y
nuestro papel vital en la construcción del futuro. Tú, lector, con tu
complicidad eres el Espíritu Absoluto: lo personal y lo universal fundidos.
Miguel Ángel Buonarroti: Creación de Adán (detalle)
Epílogo: Esta invitación a pensarnos como parte de un todo histórico es, en
el fondo, una propuesta política y vital para nuestro tiempo presente. Por
ello, me parece crucial aclarar la intención que guio esta relectura de Hegel:
Este trabajo fue realizado buscando cumplir dos objetivos: 1) presentar a Hegel
para cierto tipo de lectores ajenos al ámbito de formación académica
filosófica, pero que al mismo tiempo tengan un genuino interés y que encuentren
placentero acercarse a este tipo de pensamiento. 2) Es inevitable hacer una
interpretación y una reelaboración conceptual cuando se presenta el trabajo de
otra persona, especialmente si es un autor genuinamente filosófico y tan
distante en el tiempo y el espacio del nuestro; por lo que me siento obligado a
aclarar desde qué idea escribo esta interpretación: Hegel es un autor muy
importante para pensar nuestro tiempo, en que predomina una forma de pensar a
las personas como "individuos" que viven yuxtapuestos en algo
fragmentado llamado "sociedad", viviendo su experiencia del mundo en
el aquí y en el ahora. Hegel, por el contrario, nos invita a repensarnos como
parte de algo más amplio que los límites de nuestra subjetividad, y nos hace
ver que formamos parte de una realidad que rebasa nuestro tiempo subjetivo y
nos invita a compartir un sentido de vida que nos liga a las generaciones del
pasado y del futuro, buscando hacer de este mundo un lugar más digno para
todos.
Referencias bibliográficas:
GARAUDY, R. (1974). El pensamiento de Hegel, Seix Barral, Barcelona
HEGEL, G. F. (2000) Enciclopedia de las ciencias filosóficas Juan Pablos, México
----------------- (1985) Fenomenología del espíritu, Fondo de Cultura Económica, España.
---------------- (1985) Filosofía del Derecho, U.N.A.M. Colección Nuestros Clásicos.
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